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Dra. Graciela Alisedo

 Graciela Alisedo

La sordera de nacimiento o antes de los 2 años es una de las deficiencias más graves que deba enfrentar un niño, pues lo somete a un progresivo aislamiento psicolingüístico con consecuencias negativas insospechadas para aquellos que no conocen esta realidad.

La dificultad de los niños sordos no se parece en nada a la de los niños que presentan otras deficiencias. La situación socioafectiva y lingüística de un niño sordo por ejemplo, es más fácilmente asimilable a la situación de un niño extranjero transplantado brutalmente a otro lugar del mundo o de un niño aislado privado durante largo tiempo de toda comunicación humana.

En todos los casos el problema es la incomunicación, pero no desde una interferencia interna del niño, sino desde una situación social determinada, producto de la deficiencia auditiva.

En lo esencial el niño sordo no comprende qué se dice y qué se le dice, tampoco puede expresar lo que quisiera Y si bien en el seno familiar existe una red de significaciones comunes contextualizadas, instaladas, acompañadas de gestos y mímica que resultan aparentemente suficientes, el nivel de estos intercambios no puede evolucionar. Un niño sordo de 3 o 4 años inteligente, cooperador, ávido de hacer como los otros se encuentra más o menos al mismo nivel que un niño oyente preverbal de 12 ó 18 meses. Aunque no tiene conciencia exacta de todo lo que se le escapa se puede percibir en él, detrás de una sonrisa de compromiso, la impotencia, la tensión, la dignidad ofendida que experimenta un niño que no puede comprender el juego que se le explica aunque tenga muchas ganas de participar. Aparecen entonces las primeras conductas estereotipadas: un asentimiento sistemático producto de una comprensión inexistente, por ejemplo, pero que da cuenta igualmente de una gran necesidad de “hacer como si”, de hacer como los otros.

Desde el punto de vista del aspecto socioafectivo, muchos niños sordos están angustiados. Tienen más inquietudes y terrores que los otros. Es indudable que han experimentado frecuentemente situaciones de incomprensión por falta de explicación accesible:

§       no ha comprendido por qué se lo dejaba con la empleada o con la vecina,

§       no sabía que la visita al zoológico tenía un límite de tiempo.

§       no sabía que, si no estaba vacunado, no podía ir a la piscina., etc. etc.

Algunos apelan a puntos de referencia por descarte, se aferran a hábitos de orden inmutable, a ritos personales, a pequeñas manías destinadas a enmascarar el miedo o a mostrar una seguridad que no tienen. Por otra parte el niño sordo vive en paralelo otra situación que aumenta el riesgo psicosocial: su deficiencia auditiva es invisible. Se trata de un caso de notoria ambigüedad ya que sólo será reconocido como sordo si explicita su sordera o si, al iniciarse la interacción, no responde como se espera. Existen además numerosos casos de niños sordos que, decepcionados ante lo ineficaz de sus esfuerzos para comunicarse, desvían la mirada y adoptan a veces comportamientos autistas. En la mayoría de los actos de habla se concentraron en los labios sin lograr leer el discurso. Sólo se les propuso esa vía y no lograron comprender. Algunos son tímidos, replegados sobre sí mismos, como si hubieran abandonado la búsqueda de la comunicación, desilusionados. Entonces no miran más. Algunos se complacen a veces en actividades repetitivas motrices autocentradas como las esterotipias del balanceo. Sin embargo, en su entorno inmediato y en sus relaciones con los otros, el niño sordo posee una gama de respuestas adaptativas y una extraordinaria capacidad de imitación de los comportamientos, actitudes y gestos de los otros que les permite además acceder a una suerte de mimetismo ritual que favorece. Pero la incomunicación introduce, a medida que pasa el tiempo, dificultades de comportamiento, de carácter, de entrega pasiva, específicas a la situación de aislamiento y cada vez más complejas. Se puede enumerar algunas expresiones que califican a menudo su manera de ser: bruscos, torpes, erizados, combativos, eléctricos, susceptibles, irritables,  etc. Los niños sordos agresivos son aquellos que chocan constantemente con asperezas que no pueden ni saben controlar. Todas respuestas a un mundo exterior sentido como hostil desde la primera infancia. Otros tienen a menudo comportamientos de bloqueo sobre una idea. Se empecinan y no ceden.

Estas reacciones existen también en otros niños pero no tienen necesariamente el mismo origen. En el caso del niño sordo se explican claramente: él es una víctima flagrante y permanente de la incomunicación. Muchas veces entiende mal, no hace lo que tiene que hacer y es reprendido por ello. Con informaciones deformadas, el niño sordo se encuentra frecuentemente en situaciones que se le antojan inextricables. No comprende ni las reacciones de los otros ni las exigencias. No logra hacerse comprender, lo cual  pone en marcha, en los otros, reacciones en cadena que  siente como injustas o incoherentes. Estos desajustes le confirman regularmente su diferencia, su aislamiento. Algunos niños desarrollan una personalidad compleja, se adaptan con dificultad, no encuentran su lugar en un mundo donde lo normal es oír y hablar y perciben que dicho mundo les reserva muchas más  frustraciones que a los niños oyentes.

Igualmente es preciso señalar que no todos los niños sordos presentan al mismo tiempo este conjunto de problemas. Cuando se han beneficiado de ciertas condiciones favorables desde el punto de vista de la comunicación, ya sea porque en el seno familiar se sienten amados, aceptados y ayudados, ya sea porque su familia los ha confiado a profesionales que los aceptan y ayudan a sus padres a hacerlo, los niños sordos pueden ser niños felices.

Si bien el niño sordo está afectado por una deficiencia auditiva, su discapacidad (inhibición biológica para ciertos roles socioculturales) se ubica a nivel de la lengua oral o lengua fónica. El niño deficiente auditivo es un discapacitado de la lengua oral exclusivamente.

 “Para mí, la pieza central es saber que un sordo puede prácticamente hacerlo todo, salvo oír; que está privado de las cuatro mil horas de "escucha" que un niño oyente recibe antes de hablar; que si le falta una vía de acceso a la información, es necesario trabajar con él para facilitarle los medios de tener otra” Armengaud, J.M. (madre oyente).

Así, el problema fundamental al que se enfrenta el niño sordo en su contacto con el mundo oyente es el de la comunicación: comprender y ser comprendido, acceder a la información, tener la posibilidad de expresarse libre y confortablemente. Por lo tanto, es importante tener en cuenta el hecho irreversible de que estos niños son tributarios de su condición de sordos con la que deben aprender a vivir.

 “Si se reconoce al otro como portador de una voz; si se le ofrece un espejo a través del cual mirarse y a partir del cual se lo habilite para la búsqueda de nuevos horizontes; si se reconoce a sí mismo como un sujeto portador de expectativas, sentimientos, con una seguridad en medio de tanta incertidumbre, la conclusión es que no hay nada de naturaleza en la desigualdad y en la exclusión social y educativa”.[1]


[1] Mag. Carina Kaplan y Lic. Paula Fainsod en FLACSO, Postgrado Currículum y Prácticas escolares en contexto (Clase 23).


[1] Mag. Carina Kaplan y Lic. Paula Fainsod en FLACSO, Postgrado Currículum y Prácticas escolares en contexto (Clase 23).

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